martes, 20 de marzo de 2012




ENGAÑO.

En una lluviosa mañana, Armando se despierta asustando, tembloroso y con las manos sudadas. Pues desde la noche anterior sentía un extraño presentimiento. Por un rayo de luz que emana de su ventana, alcanza a ver de manera confusa, la silueta de una mujer de cabello rojo y piel blanca. Se pregunta: - ¿Es Amelia?- .
A medida que Armando empieza a verlo todo con mayor claridad, nota que aquella mujer es inconfundible, en especial por su ordinaria manera de vestir. Llevaba puesta una blusa morada, una falta negra y unos tacones rojos. Armando queda atónito y totalmente sorprendido. -¡Indudablemente es Amelia!, pero… ¿Qué hace ahí?-. Piensa él. Entonces decide levantarse a prisa al verla ahí parada en medio de la lluvia y le abre la puerta.

Amelia en medio de la desesperación, abraza fuertemente a Armando, pero este, a pesar de que le sorprendía verla después de tanto tiempo, decide no manifestar ningún tipo de cariño. Amelia lo mira con tristeza profunda, pero aun así le dice que entiende su reacción. Él la invita a pasar a su casa, pues la ve bastante mal, sabe que algo en realidad le sucede. Un momento de silencio incomodo se apoderaba de la situación, y aún más, el cruce de miradas entre ambos, hacía de cada segundo una eternidad.
-Hace mucho tiempo que no te veía-, dice Armando. -Desde que te fuiste, todo es soledad y desconsuelo, ¿sabes que desde entonces mi único consuelo de vivir son las niñas? Aun así, espero que seas muy feliz al lado del hombre que elegiste como… ¿tu amante? ¿Compañero?.. No lo sé.

Desde hace dos años Amelia había desaparecido, y todos los que la conocían, decían que ella se había marchado junto a un hombre empresario llamado Miguel Augusto, dueño de una gasolinera, un hombre muy gordo, de gran estatura, cabello hasta los hombros, que usaba ropa elegante y bastante cara, y además de eso muy adinerado. Se corría este rumor, puesto que ya la habían visto varias veces con este hombre en escenas comprometedoras.
Además se preguntaban por qué Amelia se iría con este hombre y dejaría de lado a su ex esposo, que era un hombre tan maravilloso, honrado, y caballeroso, pero sobretodo un excelente ser humano. Y a sus hijas, que eran sangre de su sangre, y necesitaban en ese instante de sus vidas de una madre que velara y cuidara de ellos.

Amelia mira a Armando con lágrimas en sus ojos y le dice: -yo sé que lo peor fue haberte dejarte aquí solo, e irme en la peor de las circunstancias, dejándote a cargo de nuestras niñas. Pero quisiera que escucharas lo que hace mucho tiempo quería decirte, y que me ha carcomido lentamente por dentro, desde que tuve que separarme de ti y de mis hijas-.
Armando mira a Amelia de manera sorprendida y le dice: -¿Qué?, discúlpame pero no estoy entendiendo absolutamente nada. ¿Cómo es eso de que te tuviste que ir?, hasta donde yo sé, tú te largaste de aquí con ese tipo, con el que me engañaste, por tu propia voluntad, nadie te obligo a que lo hicieras, y sobre todo a que causaras todo el dolor por el que nos hiciste pasar a las niñas y a mí. Te olvidaste por completo de que tenías una familia que te amaba, te admiraba y se desvivía día a día por hacerte feliz.
-¡Armando, por favor no digas eso!, me parte el corazón. Quiero que me escuches ¡te lo ruego!
Reconozco que he cometido muchísimos errores, y los he hecho pasar demasiado dolor a ti y a mis hijas. Yo sé que al principio no sabía ni lo que estaba haciendo, que te engañé con ese hombre y que fue mi amante. Y que peor aún, me dejé llevar por la ambición del dinero. Pero te juro que en todo este tiempo que he estado lejos de ustedes, me he lamentado infinitamente por ser tan tonta y poco inteligente.
 Ese hombre con el que estuve todo este tiempo, me engañó de la manera más vil y cruel. Me secuestró, me torturó, e inclusive me prostituyó a los hombres que hacían parte de sus sucios negocios. Me ha hecho sufrir como a nadie, descubrí cosas que jamás me imaginé. ¡Armando, esto en realidad ha sido lo peor que he vivido en toda mi vida, y no ha habido peor castigo que este y estar lejos de ustedes! Tuve que mancharme las manos de sangre para poder escapar de esa prisión.
He venido hasta aquí para suplicarte que me perdones. Quiero de todo corazón comenzar una nueva vida, aunque no pueda estar junto a ti, si es lo que deseas. Que mis hijas me perdonen, y ser la madre que ellas necesitan en este momento de sus vidas-.
Las lágrimas invadían el rostro de Armando, y en realidad no lo podía creer, estaba totalmente conmovido, pero a la vez desconcertado, pues a pesar de todo, el amor que sentía por ella, aún estaba ahí, solo que tanto sufrimiento y dolor, había cegado su corazón.
Armando se levantó de la silla y de inmediato fue a abrazar a Amelia, le dijo que estaría con ella, y que contaba con su apoyo para lo que necesitara. Pero que por obvias razones, todo sería muy diferente, el apoyo que le daría solo sería como padre de las hijas y le prestaría ayuda de un psicólogo que él conoce muy bien para que pudiera superar esta situación y salir adelante.


POR. Laura Victoria Bedoya Prada. 



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